Runner, relato de Luis Gámez.

En este relato que forma parte de Artefactos, volumen inédito de cuentos de Luis Gámez, el lector ‘sale a correr’ muy temprano con el protagonista, un corredor consuetudionario que mientras cumple con su rutina cotidiana pasa revista –cual vigía atento– a una porción de ese espacio familiar y geográfico en el que quizá ha transcurrido su vida y la de quienes lo pueblan.

La duermevela levanta el sueño y toma forma para recorrer las periferias a su encargo. Es de madrugada, aún oscuro, la noche adormece, calma las pesadillas que van de paso. El silencio absorbe todo, los ruidos del día, gritos, motores, sendas, palabras en tránsito diluidas en un punto del pueblo. Los sueños a veces se cumplen.

Prepara su ropa de vigía en movimiento, lo hace lento, coloca las codicias en el cuerpo. Mira en el espejo esa figura impávida, tarda en reconocerse, flexiona las piernas, comienza la calistenia del ritual, preludio de su andar y del amanecer. Tendones y articulaciones se despiertan uno a uno como ligas estiradas, tobillos girando en círculos y brazos antepuestos hacen su figura amorfa. En silencio cada músculo cobra y retiene fuerza. Frota un ungüento de mentol en las articulaciones, un placebo que le da seguridad. Su boca alerta hidratación y toma un suero sabor a agua de río, a salitre espeso.

Camina con pasos flojos a la salida de su bunker, lleva la columna erguida, los brazos meciéndose al compás de sus piernas lo hacen marcar el tiempo. Afuera, parado en la calle desolada la huraña luz matutina sin entrar, mira el cielo donde la brisa de la próxima alba lo recibe. Extiende los brazos hasta la punta de sus pies, al levantarse mueve la cabeza de un lado a otro, hace semicírculos, mira el horizonte, escucha el cambio de velocidad y el aceleramiento de un camión de carga.

La expedición comienza hacia la izquierda del periférico con paso lento, contradice al reloj, a los minutos, fija la vista en cada metro que avanza, su alrededor, el pasto, el asfalto, un acotamiento indefinido, casas de luz tenue, aullidos de perros espantados por las sombras de los árboles. El camino es quieto, lleva un movimiento acompasado para registrar todo movimiento y placidez. Por en medio de la calle enfila el rumbo de su travesía. Pasa por una alcantarilla y un vaho azufrado le anuncia lluvia, todo está seco, toma el pulso del asfalto con sus pasos paralelos al caño debajo de él. Aborda la avenida anterior al comienzo de su trote y respira hondo. Un mercado cerca dormita, ignora su presencia. El final de la avenida se enlaza con un periférico oscuro; cauce disparejo que rodea la mancha humana.

Una fábrica de agua se divisa, hay motores que no duermen y percibe el ruido ligero como grillos mecánicos, alcanza y rebasa el complejo, enfrente hay una abrumada casa yerma y opaca con una alberca de agua verdosa donde gurusapos habitan. Los dueños la cedieron hastiados de mojar el tiempo libre.

El monte de las orillas emana un olor a albor que se filtra en su nariz y estimula su andar. En una parte la hierba se hace más abundante, un caballo oculto espera a su dueño y espanta a los insectos con sacudidas de cola. El vigía y el caballo se ven de reojo un instante. El animal piensa en el cabalgar diario por la orilla de la carretera, le incomoda pero lo soporta, junto a los carros que le zumban y pasajeros que lo miran como bestia de circo, envidia dos piernas humanas.

Algunos lugares del pueblo se mueven. Acomodan el dormitar pero ignoran quién los recorre, no para saber su dimensión sino para saber que están todavía ahí. En un taller mecánico unas manos llenas de grasa de motor hacen una poza para beber agua de una cubeta, vuelve a la cama una hora más. Pasa y mira el letrero mal pintado del taller. Adelante hay un hilo de talleres semejantes acompañado de perros inmunes a todo. Pasan como fotografías subsecuentes por sus ojos, sus piernas encuentran el ritmo preciso para registrar los bloques vistos que se mueven con su respiración.

No puede ver por encima del caserío, no hay lomas, ni dimensiones donde pueda estar sobre ellos. Pero hay calles que atraviesan el pueblo y las mira un segundo, luces y cables a lo ancho de éstas. Enmarca todas estas formas de guardar a la gente, los registra, es su tarea que no entrega a nadie, es un quehacer que no tiene nada que ver con un ángel o un diablo, ningún poder, es un dictar de necesitar un ente que recorra el lugar. Hay otros sitios donde la policía vigila y pobladores encomendados a dioses, aquí también pasa lo mismo. Pero este centinela da forma y sentido a otra conclusión.

Se aproxima a encontrar una carretera principal por donde pasan ignorando su sitio, todos los vehículos llevan el rumbo del golfo, unos parten al Este huyendo del calor y otros van a enfrentarlo.

Su cuerpo comienza a ponerse húmedo, a su izquierda divisa el letrero de un motel; oasis de sexos escrupulosos. Desde la puerta principal se divisan garajes cerrados. Hay un umbral en el vigía, una conexión interna en la cual no siente la energía gastar su arrojo, piensa cómo será por dentro, que fluidos provocan en su interior la fuerza por sí sola. No hay principios de energía ni desgaste. Él quisiera saber su interior.

El periférico como ámbito que define un lugar y su guarda. Piensa en los adentros de lo que transita y en su propio e íntimo pensar hace la similitud. Hay calles maltrechas donde el día trae desiguales situaciones cotidianas con aridez que sofoca a las personas, por las coladeras un polvo de mierda vuela con el viento, llueve y pequeñas lagunas invaden las calles, todas son uniformes a la misma hora, se asemejan coreándose de esquina a esquina. Por las tardes hay niños que suspiran el alivio de una escuela de voz incierta y dictado estúpido. En el parque central hay ruinas enterradas, pasos, concreto de otro período. Como en cualquier sitio principal se concentran a su alrededor el torpe poder político, el poder religioso omnipresente y el poder económico como mal necesario, todo para hacer funcionar la ciudad-pueblo. Alimento al engreimiento, al alma y la jactancia. Son las entrañas de la aldea vigilada, vías a formar parte de una actualidad con sus negaciones. Los rumores sin remitente son aún noticia con veracidad, diluidos en cada casa con el aumento y cosecha hasta volverse mitos heredados de boca en boca, un género estilizado para educar y entretener a los hombres. Las fiestas se anuncian en una manta colorida y mal colocada de esquina a esquina. Celebraciones pasadas y presentes, no son antiguas, la música existe.

En las celebraciones diplomáticas de la región se busca enviar a una embajadora con capacidad para negociar la belleza ante el gobernador y dignificar al pueblo.

La última fue asesorada por un maya perdido voluntariamente, que llegó a vender collares de caracol para sustentar su alcoholiza de veinte días. La peste de su cuerpo era insoportable y se llenaba la nariz y el bozo de Vaporub para disimular el hedor, pero traía estrategias inéditas para que la emisaria supiera qué no hacer ante la frivolidad del evento.

Sale de sí, sigue el trote avizor hacia la carretera del golfo como parte de las periferias que transita, una fábrica de chocolates con leve olor a manteca de cacao resuena en su mente junto al chiflido de jornales de la industria, cuando se comía chocolate sin culpa. Corre, atraviesa va entre trailers y fondas de paso. A cien metros franqueará por un puente que anuncia la proximidad de su meta. Hay blasfemias escritas con enormes letras a los lados del puente. Autobuses y camiones provocan un viento que choca en su rostro; termina el tramo de la carretera del golfo para entrar de nuevo a las periferias. Un cielo nublado se mezcla con el inicio del amanecer, siente un territorio a punto de abrir los ojos. Acelera su paso en carrera interna, entre la humedad, los sueños terminados y la luz matinal mezclada con la noche.

El mercado despierto acomoda lo vendible, mueve un punto del pueblo, transportes urbanos y rurales van en busca de conectar andanzas, pero están vacíos, todavía es temprano. Una mancha de caseríos comienza a extenderse fuera de los bordes del pueblo, crece, se expande y acumula en un rincón posible las nuevas estirpes. Colocadas al lado de una fracción sin lomas, nombre y fe. El vigía recorre todo sin importar el creer, cuida la basura que se amontona en las esquinas y sus alimañas.

En los últimos metros hay más ruidos de autos, pájaros en vuelo recibiendo la mañana, la iglesia se prepara a tocar los metales para convocar a la comunión y cobrar los tributos del miedo. La regadera se abre para quitar el olor a sábanas. Llega, ha cumplido con la vigilancia del pueblo, suda y exhala su labor. Equilibrando un supuesto imperio y lo hace para sí mismo como encomienda, no salva nada. Camina a su nido. Tras de él se cierra una puerta, afuera queda un amanecer e inicia una llovizna ligera, un día y un lugar para soportar, el ensueño se cumple.

CDYP

Ingresa tus datos para suscribirte al boletín del blog y recibe como obsequio en tu correo (en versión digital formato PDF) los tres primeros relatos de “Con daños y prejuicios”, mi último libro.

COMPARTE EN TUS REDES

Acerca del autor

Luis Gámez
(Cárdenas, Tabasco). Abogado y narrador. Autor de "Nicolasa en la villa de perros" (IEC, 2008); antologado en "Palimpsestos de tierra húmeda" (UJAT, 2011) y "Cuentos, joven" (Suum Quique, 2012). Coordina la sala de lectura "Los viajes de Mateo".

About Luis Gámez

(Cárdenas, Tabasco). Abogado y narrador. Autor de "Nicolasa en la villa de perros" (IEC, 2008); antologado en "Palimpsestos de tierra húmeda" (UJAT, 2011) y "Cuentos, joven" (Suum Quique, 2012). Coordina la sala de lectura "Los viajes de Mateo".