Los cien años de la Capilla de la Congregación de Las cazuelas (primera parte).

En este texto (primera de dos partes) que reinaugura sus bitácoras de viaje para el blog, Rolando García de la Cruz interna a sus lectores por la localidad rural de Las Cazuelas, en el municipio de Papantla, Veracruz. Gracias a una decripción que muestra con algunos detalles la constitución de su Capilla católica y a una narración sobre los preparativos del festejo, podemos ser testigos al leer de una parte de la celebración por los cien años de existencia de ese monumento religioso.

Primera parte. Los preparativos.

Apenas llegamos a la iglesia de Las Cazuelas, vimos a unos hombres poniendo la lona en la entrada principal de la Capilla. Otros emparejaban la tierra frente a la puerta. Me asomé al interior de la iglesia, vi las bancas y sillas acomodadas. Hacía muchos años que no había visto el interior del templo.

Dado que no tienen sacerdote fijo, siempre la mantienen cerrada; sólo cuando hay eventos importantes se abre. Me sorprendió encontrarla remozada con modernas baldosas. La mitad de la pared hacia el suelo está forrada de madera de cedro, con tallados de guías de la planta de vainilla a guisa de cenefas, como en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Papantla. Sobre las vigas habían clavado una innumerable cantidad de trozos de cintas satinadas de colores. No recordaba que la iglesia está dedicada a la Virgen de Guadalupe. El recinto estaba vacío. Las bancas en el extremo del lado del pasillo estaban decoradas con flores y tela.

Caminé hacia el altar, el cual ya lucía un mantel blanco decorado con bordados. La pared donde se encuentra la imagen de la Virgen es de ladrillos sin revoque, los ladrillos están pintados de rojo con los canales en blanco. Los costados de esa pared están forrados de madera. Del lado derecho hay una puerta que lleva al sagrario. Sólo hay dos pares de reclinatorios, algunos muebles y objetos. Del lado izquierdo del altar, hay una puerta que da a la sacristía. Ahí, sobre algunas mesas, hay santos y objetos religiosos; también hay un cuadro con cristal donde han colocado fotos de eventos pasados, a manera de álbum fotográfico.

Se pueden ver imágenes de un lleno total de la nave de la iglesia, un paso de baile de la maringuilla (la mujer en la danza de los negritos), unas tinas con vapor y al fondo unas mujeres en preparativos, mujeres cocinando, mujeres trabajando con metates, un telón con mucha gente en el atrio de la iglesia, etc. En el suelo había paquetes de refrescos y artículos de fiesta. La sacristía tiene dos puertas: la de la izquierda conduce al patio de la puerta principal; la de la derecha lleva al patio trasero de la iglesia.

Al pasar al patio trasero quedé sorprendido de lo bien que han arreglado ese espacio: el suelo es de concreto sin baldosas, con pequeñas bardas y techado con láminas. Justo ahí estaba el grupo de mi padre «Los tejedores de palma». Sobre mesas largas se distribuían los hombres con manojos de hojas de palmas recién cortadas, algunas verdes y otras tiernas, de un amarillo muy pálido. Mi padre empezó a hacer una “mestiza” (combinación de palmas verdes y tiernas), quedando en franjas de dos colores. Me di una vuelta por las mesas de los tejedores para tomar registros fotográficos de las actividades. Más adelante, donde termina el terreno de la iglesia, hay un patio con árboles. Ahí había varias mujeres cortando verduras, acomodando trastes, limpiando el patio y en un trajín sin fin.

Delante de la puerta principal, en el suelo, estaban colocando las bases para la tarima de los danzantes. Al que dirigía le pregunté por el número de danzas que estarían participando. Con un poco de desgana contestó que sólo se había conseguido un padrino para “La danza de los negritos”.

La pared donde se encuentra la imagen de la Virgen es de ladrillos sin revoque, los ladrillos están pintados de rojo con los canales en blanco. Los costados de esa pared están forrados de madera. Del lado derecho hay una puerta que lleva al sagrario. Sólo hay dos pares de reclinatorios, algunos muebles y objetos. 

Minutos después llegó una camioneta con tres cerdos muy grandes, tal vez rondaban los ciento ochenta kilogramos. Bajaron al primero entre gruñidos, era uno pinto. Le amarraron las dos patas del costado derecho, lo acostaron y se le echaron encima para que no se levantara. Le amarraron las patas del otro costado y le juntaron las cuatro patas en un gran nudo. El marrano trató de desatarse usando toda su fuerza, pero fue inútil. Luego, entre todos lo subieron a una mesa de madera dispuesta en el patio. Un joven sacó los cuchillos. Después de lavarle el cuello al puerco, pidió que trajeran la bandeja para la sangre que se utilizaría para la longaniza. Acto seguido introdujo el arma blanca en el cuello del cerdo, de donde salió un chorro de sangre. Un tipo sostenía la bandeja. El cerdo se movía con frenesí y casi caía de la mesa.

Me dirigí a la entrada principal de la iglesia, donde hacían el arco de palma de bienvenida. Las midieron y cortaron las bases de dos palmas; luego las pusieron sobre la tarima de las danzas con las puntas encontradas, las unieron y desde ahí empezaron a tejerlas. Cuando terminaron, levantaron las dos palmas unidas de la punta, la presentaron en las columnas de la entrada. La volvieron a acostar y fueron por estrellas para decorarlo. Una música familiar salió de la torre de la iglesia. Eran las mismas piezas musicales que se escuchan en la torre de la parroquia de la Asunción en Papantla. Con alegría le dije al organizador «¡Qué bueno que ya le pusieron música a la torre, como en Papantla!» Sí, dijo y agregó: «Pero no es de nosotros, nos la prestaron en la joyería la Bola de Oro, solo para la fiesta.»

Casi no me gusta la carne en caldo, pero este platillo que invitaron estuvo delicioso. Fue un caldo de los cerdos sacrificados, con cebollinas, epazote, y chile piquín. Tortillas recién hechas a mano, acompañado de agua de Jamaica. Un joven se acercó para ofrecernos cervezas, que no rechazamos. Mientras todos los que participaban comían, me levanté para tomar fotos a los comensales y a las mujeres que estaban cocinando. Regresé a la mesa de mi padre, tomé un pedazo de carnita, un chicharrón con “gordito” como le llamamos a la grasita y un poco de “asiento”, que son los residuos desmoronados de todos los chicharrones.

Luego tomé una cucharada generosa de una salsa de tomates, chiles, cebolla y cilantro. La vertí sobre los chicharrones, enrosqué la tortilla para darle formar al taco. Tenía tanto contenido que tuve que hacer uso de las dos manos para poder morderlo. La salsa revuelta con la mantequita escurrió por el otro extremo del taco. Cuando ya caía el sol y los trabajos estaban terminados, regresamos a Papantla.

CDYP

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Acerca del autor

Rolando García de la Cruz
Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.

About Rolando García de la Cruz

Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.