Visita a Los Pinos.

Antes de visitarla por primera vez, imaginaba a la que fuera la residencia oficial de los otrora todopoderosos presidentes de México surgidos del PRI (por lo menos hasta Carlos Salinas de Gortari) de un modo más o menos parecido a lo que encontré al llegar.

Lo que hoy es un extenso complejo cultural aparentemente subutilizado y costoso, que no alberga más allá de unas cuantas exposiciones artísticas a lo largo de los diferentes salones y casas con nombres que rinden homenaje a varios de los expresidentes del país (Lázaro Cárdenas, Benito Juárez, Venustiano Carranza, Adolfo Ruiz Cortines, Miguel de la Madrid, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos y Manuel Ávila Camacho) resulta ser en realidad una porción más bien pequeña del Bosque de Chapultepec.

La superficie de Los Pinos equivale, aproximadamente, al 0.64% de las casi 900 hectáreas del Bosque. Demasiado para alojar en su momento al presidente y a su familia; muy poco, si se considera la pequeñez de la porción arrebatada al “pulmón de la ciudad” para aislarla del resto tenido mayoritariamente por “bien común”.

Desde pequeño había visto por la televisión imágenes –frecuentemente repetidas– del interior boscoso y de algunos espacios cerrados de la residencia oficial. Estando en sexto año de primaria participé en un concurso de conocimientos para ir a Los Pinos a saludar al presidente Miguel de la Madrid en un “viaje cultural” (concurso en el que no salí seleccionado), así que habiéndolo imaginado con anticipación, lo que vi al llegar guardaba cierta semejanza con los recuerdos que mi memoria almacenó sin haber traspuesto nunca antes la gigantesca estructura de acero que sirve de acceso a su interior.

Supongo que en ese sentido me parezco a los millones de mexicanos que antes de que Andrés Manuel López Obrador (émulo de don Lázaro Cárdenas, quien decidió abrir al público el Castillo de Chapultepec para irse a vivir a Los Pinos) quisiera no vivir allí y escogiera como alojamiento una porción del Palacio Nacional, sólo podíamos imaginar lo que ahora se puede preciar apenas traspasados los pocos puntos de revisión existentes en los accesos al complejo.

Es curioso que Los Pinos acabara siendo un emblema ineludible de ese presidencialismo que don Lázaro instituyó allá por los años treinta del siglo pasado (cuando decidió que la del presidente se constituiría en la máxima figura del poder en México, sometiendo así a su arbitrio a muchas de las decisiones que antes de él se veían afectadas por la existencia de los llamados caudillos revolucionarios) y que un hombre como López Obrador (en cierto modo, caudillo él mismo después de sentirse llamado a mandar “al Diablo” a las instituciones “neoliberales” del PRI y del PAN) se encargara de dar por terminado (por lo menos así parece hasta ahora) un largo ciclo durante el cual nuestros mandamases sexenales habitaran esta exclusiva –y excluyente– residencia oficial.

Durante mi recorrido, que realizo en compañía de mi esposa, de mi hijo y de mi hermano (que nos acompaña), admiro las calzadas empedradas, los inmensos espacios boscosos y esas magníficas edificaciones (semejantes a chalets europeos) que con el correr de los años fueron ampliadas, acondicionadas e incrementadas en número para alojar al presidente en turno, a su familia y a todo ese boato que significaban las oficinas, los salones para hacer recepciones oficiales, así como las salas subterráneas de juego y de fiestas (muchas de ellas privadas).

En el edificio que alberga a lo que hoy es llamado “sistema de apoyos a la creación y proyectos culturales” (y que yo hasta antes de mi visita creí que correspondía propiamente a la residencia del presidente) admiramos la exposición “Metas, pasiones y retos: mujeres con discapacidad”, una exposición fotográfica de la activista Jen Mulini, también fotógrafa y defensora de causas relacionadas con la inclusión y la diversidad sexual. La exposición se propone hacer visibles a esas mujeres que, como la propia Mulini, viven en México con alguna discapacidad y que reclaman en este país múltiples plataformas de visibilización frente a las “violencias estructurales” que muchas de ellas viven.

Antes de llegar a la exposición, nos hemos detenido en el “Salón Presidentes”, un lujoso espacio cuyas paredes decoradas con las fotografías de todos los presidentes que habitaron Los Pinos sirvió en su momento como sala de juntas internacionales. Allí aprovechamos para tomarnos fotografías y para imaginar que atestiguamos –e incluso protagonizamos– una de esas reuniones de alto nivel en las que alguna vez tomaron parte (junto al presidente) embajadores, jefes de Estado, miembros del gabinete, representantes y ministros de otras naciones. Mi esposa me dice, al ver que me pongo de pie en el lugar en el que se sentaba el presidente, que allí me hubiera gustado estar sentado, conocedora como es de ese sueño que tuve alguna vez (como muchos niños mexicanos aleccionados en las escuelas primarias) de llegar a ser presidente de este país.

Algunos de los visitantes aprovechan para lanzar discretas invectivas contra más de uno de los presidentes inmortalizados en las fotografías y después, poco a poco, todos nos enfilamos rumbo al salón Venustiano Carranza, otro de los espacios emblemáticos del otrora conjunto presidencial. Desde allí nos dirigimos a la casa Lázaro Cárdenas. Habilitada como una casa-museo que guarda recuerdos del general, el espacio se encuentra a tono con un discurso oficialista que parece verse a sí mismo como justo heredero del ideario cardenista (nacionalización petrolera, consolidación del poder a través de una hegemonía partidaria, existencia de un jefe máximo) y es –digamos– una especie de santuario erigido a la memoria de “Tata Lázaro” en la que lo mismo puede encontrarse allí la silla en la que se sentaba el popular presidente que una apreciable galería fotográfica. En esta última caben muchas de aquellas imágenes en las que se ve a don Lázaro rodeado de una multitud que lo vitorea o lo acompaña mientras recorre cierto lugar del país; también aquella fotografía de la entonces pequeña familia del presidente, con él y una joven doña Amalia Solórzano cargando en su regazo a un infante y cachetón Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

Hay que caminar un poco por la espesamente arbolada Calzada de la Revolución, pasar frente a un par de fuentes (una de las cuales cuenta con una estatua de “Cri-Cri, el grillito cantor”) y avanzar entre bustos de prohombres que forman parte del santoral de nuestros próceres (desde Miguel Hidalgo hasta Miguel Lerdo de Tejada, por lo que respecta a las guerras de Independencia y de Reforma, y desde José Vasconcelos hasta Luis Donaldo Colosio, por lo que toca a las batallas por la democracia) para llegar a la Casa Miguel Alemán.

Se trata de la más amplia de las residencias de cuantas hay en Los Pinos y es, por lo tanto, la casa principal. En ella vivió la mayoría de los presidentes con sus familias, hasta que el jefe máximo de lo que él ha querido bautizar como la “cuarta transformación” decidió terminar con la borrachera presidencialista que por décadas se prolongó en el mismo espacio y en la misma geografía que hace siglos se conoció como “Molino del Rey”. Durante nuestra visita, una amplia sección de la Casa Miguel Alemán albergaba la exposición “PEMEX: el largo camino de la soberanía”, que además de ser un recuento gráfico e histórico de la industria petrolera en México, es parte del relato que en torno a la llamada “soberanía energética” el nuevo oficialismo sostiene y divulga.

No me voy de esa casa sin antes tomarme una fotografía en lo que fuera el despacho del “tlatoani” moderno que ha sido en su momento cada Presidente de México. No veo un lujo exorbitante en ese espacio, a pesar de que en su momento fue el equivalente a lo que en la Casa Blanca –de Estados Unidos– se conoce como el “Despacho Oval”. A diferencia de la mediáticamente conocida oficina del presidente estadounidense, este amplio espacio de la ex-residencia oficial resulta más bien sobrio. El escritorio no es de fina madera labrada, como el que la reina Victoria de Inglaterra obsequió a fines del siglo XIX al presidente norteamericano en turno (y a los futuros) y la sala de juntas además de la sala de estar me parecen más bien áreas recatadas para la discusión y la toma de decisiones.

Sólo puedo imaginar entonces, estando allí, la enorme serie de encuentros, discusiones, negociaciones, componendas y –quizá– complicidades ocurridas al amparo de aquellas paredes por cuyos ventanales adornados por unas imponentes cortinas es posible avistar una porción del bosque. Yo aprovecho para tomarme unas fotografías junto al escritorio, y para verme a mí mismo como testigo de un escenario que alguna vez fue el núcleo de los intersticios del poder en México.

Entonces comenzamos a emprender la ruta en sentido inverso con rumbo hacia la salida del complejo. La escalera de diseño imperial que conduce a la segunda planta de la Casa Miguel Alemán se encuentra sin acceso a las habitaciones que alguna vez albergaron escenas de las vidas privadas de los expresidentes (y sus familias), así que sólo queda imaginar el fasto en el que transcurrían al no estar expuestas a los ojos de los mexicanos comunes y corrientes.

Me llama la atención, antes de salir a la larga Calzada de los Presidentes (donde entre otras efigies pude ver la de Felipe Calderón, antes de que la del odiado adversario de López Obrador desapareciera “misteriosamente” a causa de un árbol derribado por la lluvia) un cartel dedicado a la memoria de Óscar Chávez. La imagen de “el caifán mayor” (“chilango en vías de extinción”) tiene todos los atributos para ser parte de la hagiografía de la llamada 4T, pero yo no puedo dejar de pensar en la paradoja que supone ese homenaje del gobierno lopezobradorista al cantor de protesta que murió en el 2020, víctima de Covid 19.

Después de todo, la forma en que el gobierno del tabasqueño gestionó la llegada de una pandemia que terminó costando varios cientos de miles de vidas en el país fue motivo de severas críticas –tanto entre la oposición política como entre algunas organizaciones civiles y académicas–, mas eso no impide que las actuales fuerzas en el poder rindan honor desde su propia versión de la realidad a quien siempre fue un cantor, además de un distinguido personaje de izquierda.

Y así terminó nuestra visita a Los Pinos, el otrora flamante e inexpugnable complejo presidencial ahora convertido en un extensa atracción con fines culturales y recreativos a la que propios y extraños podemos acudir para sentir que de un modo o de otro, ahora nos pertenece.

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Acerca del autor

Francisco Payró
Macultepec, Tabasco (1975). Economista y escritor. Autor de "Bajo el signo del relámpago" (poesía), "Todo está escrito en otra parte" (poesía) y "Con daños y prejuicios" (relatos). Ha publicado poesía, ensayo y cuento en diferentes medios y suplementos culturales de circulación estatal y nacional.

About Francisco Payró

Macultepec, Tabasco (1975). Economista y escritor. Autor de "Bajo el signo del relámpago" (poesía), "Todo está escrito en otra parte" (poesía) y "Con daños y prejuicios" (relatos). Ha publicado poesía, ensayo y cuento en diferentes medios y suplementos culturales de circulación estatal y nacional.